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domingo, 7 de julio de 2013

Cheverny: castillo de la armonía,
de la simetría y de la proporción


Cheverny es el castillo de un noble y, por tanto, es incomparablemente más chico que un castillo real.

Tiene los mismos elementos ornamentales, si bien que modestamente.

El castillo se divide en una parte central, que representa el principio monárquico y, después, dos partes laterales, compuestas ellas mismas de dos partes.

Tiene armonías misteriosas. Si el techo de cada parte fuese igual a los de las otra partes del castillo, estaba aniquilado.


Tiene una serie de rampas. ¿Por qué esas rampas? ¿Qué razón tienen?

Con ese equilibrio de lo arredondeado con lo fuertemente anguloso de los dos lados, se establece una simetría. Dos partes bien fuertes e abultadas teniendo en el centro una parte muy delicada. Ésta termina en una punta esbelta resaltada aún por dos chimeneas, que está en contraste con las partes fuertes.

Está todo tan bien pensado que no parece pensado. El sumo buen gusto del arte francés es de hacer las cosas pensadas al extremo, con la naturalidad de una alguien inteligentísimo.

Nadie perdió la cabeza para hacer eso. Y un hombre de gusto elevado que, paseando debajo de esas árboles que son verdaderas epopeyas vegetales, paseando vestido de damascos y de puntillas, de zapatos de barniz con taco rojo y jugando con la mano en el puño de la espada, imaginando cosas agradables y acordándose de una melodía cualquiera tocada en un clave, dibujó con la punta de la espada, sobre un cantero, un proyecto de castillo. E después mandó hacerlo.

Es el desbordamiento de una armonía que había dentro de él. No es el raciocinio apretado de una École Politechnique: es una cosa leve.

No hubo erudición, sino una cosa mucho mejor: talento. Mejor aún: tiene nobleza. Mejor aún que nobleza, tradición católica.

El elemento monárquico se afirma de un modo paradojal, no en la parte más fuerte, sino en la más débil. Lo más delicado del castillo está en la parte central. Sin ser más alta, es más esbelta y da la ilusión de más alta.

Es más delicada, recordando que muchas veces la majestad no se afirma en la fuerza, sino en el requinte. De ahí otra forma de presentar el principio monárquico: es en lo quintaesenciado, en lo delicado.

Los canteros del jardín son muy lisos, pero de un liso que no tiene nada de indecoroso o desagradable.

Es un liso que tal vez descanse de lo que ese techo tiene de mucho movimiento. Después comienza la floresta magnífica.

El césped da la impresión de una cosa clara, tranquila. La hierba se prolonga dentro de la arboleda, hasta encontrar una floresta próxima, que uno más adivina que ve.

Si no hubiese esos dos poteaux, harían falta. Son dos gotas, que dicen: “pare y vea”.

El castillo quedaría desamparado delante de la vegetación si no tuviese esos puntos. Es el sentido de la medida del francés.

Si se pusiese dos columnas grandes, se desarticulaba totalmente.

Cada uno de los elementos tiene la altura y el ancho necesario para quedar perfecto.

Es notable la belleza de la proporción entre la alameda y el castillo. La alameda es tan larga, que con un poquito más quedaría mal.

He ahí el Castillo de Cheverny: aristocrático, distinguido, señorial, modelo no para un rey, sino para un señor, acogedor para el pueblo, opuesto firmemente a cualquier forma de vulgaridad.

(Fuente: Plinio Corrêa de Oliveira, 15/2/1972. Sin revisión del autor)



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