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| Las gárgolas de la catedral de Dijon sentían mucho frío en Navidad |
Al contrario, con el pasar de los años y de los siglos quedan bien grises y hasta negras.
En lo alto de la catedral de Dijon, las gárgolas – aquellas esculturas de animales quiméricos colocadas para que caigan las aguas de lluvia y cualquier otra suciedad que éstas arrastren del tejado – siempre bien alineadas, estaban más que feas.
Peor. Se sentían enfermas y tristes en su pétreo silencio. Por obra de los entalladores, tenían formas de diablos, monstruos y animales horribles.
El viento, la lluvia, las heladas, los humos, todo contribuía para dejarlas peores, repulsivas y decadentes.
Sucedía también – y nadie sabía explicar – que las palomas habían disminuido en número, hasta el punto de casi desaparecer.
Sólo quedaban algunas, pero estaban viejas y enfermas. Ya no se veían sus figuras blancas en el cielo y en los gajos de los árboles.












